Sueño 17/03/2015
-Las
posibilidades de desbordamiento han provocado que toda la zona
norte se encuentre en alerta roja. Los pantanos se encuentran al
límite de su capacidad. Los habitantes de las zonas en peligro
deberán abandonar sus residencias obligatoriamente. Dispositivos
militares están siendo desplegados para efectuar las evacuaciones...
Dejé de escuchar el televisor mientras me acercaba a la ventana.
Observé a dos pájaros disputándose algo que no llegaba a
distinguir, lanzándose agresivos picotazos y graznando tan fuerte
que los oía por encima de la voz del televisor. Me quedé un buen
rato mirándolos; ninguno conseguía ganar, aunque ambos tenían ya
heridas abiertas que sangraban levemente. Comencé a sentir entonces
un fuerte dolor en la cabeza, me llevé las manos a las sienes e
intenté aliviar el dolor presionándolas con los dedos.
-...los expertos hablan de catástrofe total. Las perdidas
materiales ya se calculan en torno al 80%, mientras que las humanas
podrían llegar al 90% en las zonas donde las evacuaciones sean más
difíciles. El presidente ha declarado...
¿Qué me había recetado el doctor para esto? “Tendrás que
tomarte estas cinco pastillas tres veces al día” Pero por
alguna razón no podía recordar dónde estaban esas pastillas. De
hecho no tenía ningún recuerdo de haber tomado ninguna pastilla, ni
siquiera recordaba haberlas comprado. ¿Qué más me dijo el doctor?
“Te sacaremos eso de ahí, no te preocupes” ¿A qué
se refería? ¿Sacarme qué?
-...hemos desplegado todos los dispositivos disponibles,
pero necesitamos que todos los ciudadanos sigan estrictamente
nuestras indicaciones. Podemos hacer de ésta una catástrofe menos
grave, pero necesitamos que sigan al pie de la letra las órdenes de
los militares que se están encargando de la organización de las
evacuaciones...
El dolor se volvía cada vez más fuerte, tenía que hacer algo para
pararlo. Me senté en una silla cercana y cerré los ojos. Apareció
en ese momento una imagen clara en mi mente; pude ver aquello que
estaba dentro de mi cabeza. Era una especie de bola dura
incandescente que cada vez se hacía más grande, y que gradualmente
iba poniéndose más caliente. Vi con claridad cómo esa bola me
estaba quemando los sesos, cómo toda la masa viscosa que estaba
alrededor de la bola y que se encontraba en contacto con ella se
tornaba de color negro.
-...tenemos hoy con nosotros a varios expertos en catástrofes que
nos podrán explicar cuales serán las consecuencias de las
inundaciones. También nos acompaña hoy un representante
religioso, y les adelanto que asegura que esto es un castigo
divino.
Las piernas me temblaban pero me levanté y me acerqué a la mesa de
té, donde había dejado un cuenco y una cuchara después de comer.
Agarré la cuchara y me senté en el sofá enfrente de la televisión.
Moví mi brazo por encima de mis hombros mientras giraba la muñeca
para colocar la cabeza de la cuchara tocando la tapa de mis sesos.
Con suavidad introduje la punta de la cuchara en mi cabeza; ésta se
había ablandado tanto (por el calor, supuse) que tuve la sensación de estar atravesando un
bol de gelatina. No me costó mucho encontrar la bola, ya que había
aumentado considerablemente de tamaño; la recogí y la saqué de
allí.
-...sinceramente, creo que lo merecemos. Hemos desafiado a dios en
innumerables ocasiones.¿Que harían ustedes si su hijo rompiera y
estropeara todo lo que usted le ha dado con cariño? Le castigarían,
¿no es así?...
Coloqué la bola en el cuenco, tenía el tamaño de una manzana y
estaba tan caliente que humeaba, incluso la cuchara se había doblado
a causa del calor que emitía. Estaba cubierta por una sustancia
negra, probablemente mis sesos. Pero me sentía mucho mejor, el dolor
había desaparecido y ahora solo tenía una sensación rara en la
cabeza. Supuse que era una consecuencia normal de andarse con una
cuchara en el cerebro. Me volví a levantar, ya no me temblaban las
piernas y sonreí. Miré a través de la ventana los árboles del
parque, que se habían secado, ya que últimamente había hecho mucho
calor. Mis ojos se fijaron en el lugar donde antes habían estado los
pájaros peleando. Una mueca vino a mi boca cuando me
di cuenta de que ya solo quedaba uno en pie, disfrutando de su premio. Sus ojos se volvieron hacía mi, y supe que
sonreía.