El
sonido de mis propios chapoteos me hizo abrir los ojos, aunque al
principio no pude ver nada. El sol se encontraba muy alto y su luz me
cegó. Volví a cerrar los ojos con molestia mientras me daba cuenta
de que me estaba hundiendo en el agua. Me moví estúpidamente, yo
creía saber nadar, pero mis piernas y mis manos no podían
coordinarse para realizar los movimientos necesarios. Aun así, me
mantuve a flote con la cabeza fuera del agua, respirando
agitadamente. Noté que rozaba el suelo con la punta de mis pies, así
que intenté apoyarme en él. Bajé los talones al suelo y mi cabeza
quedó cubierta por el agua; no podía hacer pie sin ahogarme. Impulsándome hacia arriba, seguí
realizando torpes movimientos para mantenerme a flote. Al sentir el
suelo con la planta de los pies, noté que era liso, regular y muy
suave. Abrí los ojos progresivamente, ya se habían acostumbrado a
la luz; estaba en el medio de una piscina. El agua parecía tener un
color azul, a causa de la pintura de las paredes y suelo. La piscina
tenía un gran tamaño, pero podía ver sus límites. Allí donde
acababan cada uno de los extremos empezaba directamente un bosque de
lo que parecía algún tipo de conífera. La frondosidad me impedía
ver nada más allá de tres o cuatro filas de árboles. Justo encima
de mí podía ver el cielo, enmarcado por la parte superior de los
árboles y con el sol justo en el centro del espacio rectangular que
dejaban. Pero no podía concentrarme en escrutar lo que me rodeaba,
ya que me costaba mucho trabajo simplemente mantenerme a flote.
No
se cuando empezó a cambiar, pero me di cuenta de que la luz
ambiental había variado; todo estaba bañado de color rosa y
naranja, como al atardecer. Miré hacia arriba y no pude encontrar el
sol por ninguna parte, sólo pude ver el cielo teñido de color
naranja y unas pocas nubes que antes no estaban. Noté entonces algo
diferente en el agua, la resistencia que ofrecía ante el movimiento
de mi cuerpo había disminuido notablemente; con el mismo esfuerzo
que había estado realizando antes, ahora me podía mover mucho más
rápido. Mantenerme a flote era muy sencillo y casi no costaba
trabajo. Incluso pude notar cómo los ridículos movimientos de mis
extremidades me desplazaban ligeramente de lugar. Me propuse llegar
hasta uno de los extremos laterales, el que parecía estar más
cerca; cuando comencé a desplazarme me di cuenta de que la nueva
coyuntura no era suficiente para moverme con rapidez. Seguí
avanzando de todos modos, fijando la vista en los árboles que
colindaban con el lateral de la piscina, haciéndose éstos cada vez
más grandes. Pero, aunque ahora me costaba mucho menos desplazarme,
lo torpe y desordenado de mis movimientos me agotaba y cada vez me
dolían más las piernas. Notando el gran esfuerzo al que estaba
sometiendo a mi cuerpo, me empujé un poco más, estiré el brazo y
rocé el borde de la piscina.
Por
supuesto, la noche cayó entonces. El cielo era negro, y en él
brillaba lo que identifiqué como una aurora boreal. Podía intuir
que el bosque seguía ahí, aunque no distinguir nada más allá de
los árboles pegados al extremo de la piscina; pero todo eso daba
igual. Mi brazo se había quedado totalmente inmóvil. Cuando intenté
acercarlo unos centímetros más para agarrar el borde simplemente no
pude, no podía ni siquiera notar visualmente el esfuerzo que estaba
realizando. Mi cuerpo no se movía un milímetro. A la luz tenue de
la aurora descubrí que lo que antes era líquido ahora era
totalmente sólido, aunque seguía siendo transparente. Durante un
momento me alivié, pues ya no tenía que seguir aleteando. Todo mi
cuerpo agradeció el descanso y alcé la cabeza para admirar la
aurora boreal.
El
hormigueo comenzó por mis pies, subiendo rápidamente por mis
piernas, extendiéndose por mi pecho y alargándose hacia mis dedos.
La sensación era muy similar a la que se siente cuando algún
miembro deja de recibir sangre durante un tiempo y “se duerme”.
No podía en este caso moverme para hacer que parase, de hecho
empezaba a no sentir nada por debajo de mi cuello. Giré mi cabeza
hacia el brazo que se había quedado extendido hacia el bordillo y lo
que observé no me sorprendió en absoluto. Mis dedos se estaban
deshaciendo. Como si hubiese echado disolvente a una pintura, los
bordes de mi cuerpo se comenzaron a difuminar a la vez que mi carne se
dispersaba a través de todo el material que llenaba la piscina. Lo
que habían sido mis dedos, mi codo, mi hombro, se derretían dentro
de esta masa. Los colores,
tanto de mi piel como de mis entrañas se fundieron creando un color
neutro, fruto de la mezcla de todos ellos, que se extendía a lo
largo de toda la piscina. Ahora volvía a sentir algo por debajo de
mi cabeza. Sentía las cuatro paredes de la piscina, sus esquinas, su
profundidad y hasta los recovecos entre azulejo y azulejo que cubrían
paredes y suelo, que yo ahora rellenaba. Sentía cómo toda esta
masa en la que mi cuerpo se había disuelto (y que ahora era mi
“cuerpo”) encajaba perfectamente en la piscina. Mi cabeza, que
seguía intacta se elevó para observar la aurora una vez más.
Entonces grité:
-
¡¿Y ahora, qué?!
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